viernes, 15 de noviembre de 2013

Phillies.



  En Phillies todo eran esquinas, aristas que de una manera u otra se encontraban en un vértice ciego. En Phillies el respirar ahogaba, las cercanías cortaban hasta el punto de querer acostumbrarse a la dulce acidez de su herida. Phillies era el purgatorio entre el quiero y el no puedo; la eternidad latente en un momento que bailaba entre el repiqueteo de la lluvia en sus cristales y las silenciosas curvas de Ella, que acababan en fuego.
   Phillies era un infierno para santos en el cielo de los aflijidos. Paredes pulcras, carentes de brillo. En Phillies los colores evitaban el término cálido. En Phillies los rojos eran fríos. Fríos taburetes burdeos. Fría barra escarlata. Fríos labios de Ella, que acababan en fuego.
   -¿Otra?- en Phillies las preguntas eran viudas de respuesta, enlutadas, resignadas. Rumbo único, la deriva.
Las segundas rondas siempre parecían primeras, los vasos siempre saludaban con intención de bienvenida, su cristal se resentía pasivo al posarse sobre la soledad de las mesas. En Phillies la embriaguez no era una opción, sino un requerimiento del que nadie había sido avisado, y en el que sin embargo todo el mundo existía. Una embriaguez que no iba más allá del blanco y negro. No como la sonrisa de un monocromático Jack Lemmon, sino como el gris quemado de aquellas fotos de hombres uniformados en los que los blancos lucen más bien negros.
   En Phillies sin embargo, todo emanaba luz. Luz que dejaba a la oscuridad ganar en todas sus carreras. Una luz que más bien apagaba: los roces, los suspiros, los perfumes; el perfume de Ella, que acababa en fuego.
   Un lugar callado que hacía competencia al más tímido silencio. Un lugar que desgarraba, caía, chillaba, retumbaba en los ojos huecos de aquellos que otorgaban a la sombra de sus fluorescentes.
   Phillies no era un bar de compra y venta. No saciaba ni exigía. No suponía un esfuerzo, ni tampoco el más inocente de los regocijos. Phillies se limitaba a estar y no a ser. Se regía por las normas más estrictas de un sistema nacido anárquico. Phillies era imperio de y para sometidos, donde ningún puño se atrevía ni sentía la necesidad de gritar revolución, lucha, unión, fuerza. No había puertas como paso de dentro a fuera. Era un lugar de donde nadie salía ni entraba más que los recuerdos de días mejores, de horas humedecidas bajo sábanas blancas, de miradas perdidas que robaba de los ojos de Ella, y que acababan en fuego.
   En Phillies el suelo te miraba con lástima, te invitaba a avanzar, a mover ficha, a dar un paso, pero el mascullido de la goma roída sobre la baldosa te reprendía, "no, ridículo".

  Nunca jugabas, siempre perdías.

Era Phillies el vértice ciego de dos aristas donde los peros, sin embargo, también tenían cabida, porque no era un bar ni un establecimiento, si no el nido del único comienzo que osaba aullar en la noche de su día a día. Era Phillies también cobijo para el más lascivo de los ademanes, para el púrpura de un secreto dormido que jamás se insinuaba.
Era Phillies a donde huían todos los puntos suspensivos para alinearse en mis comienzos. Era Phillies el inicio del fuego que acababa en Ella. En sus comisuras, en sus talones, entre sus piernas.
Era Phillies todo esquinas, vértice ciego de dos aristas. Donde todo termina, donde Ella comienza.

(Texto presentado al concurso de improvisación narativa Rosa Gómez, basado en la pintura 'Nighthawks' de Edward Hopper)

jueves, 1 de septiembre de 2011

¿Quién conoce la edad de las olas?

Aunque el olor que me rodeaba provenía de las pinturas, yo solo respiraba rayos de sol, aleteo de gaviotas y el ir y venir de la marea. Lo expiraba a su vez a través de la mano, que se movía obediente a mis pulmones dirigiendo a un pincel gastado y marcado de por vida con colores de antiguas y frustradas visiones de futuro. Su punta, bailando sobre el blanco de un lienzo dibujando el color de la añoranza sobre un mar tranquilo que dormía bajo el sol del atardecer comenzaba a estar sedienta, pero prefería alargar su agonía hasta que no quedaba pizca de pintura en ella. Fue entonces, una vez agotado el azul triste de las olas y me disponía a añadir una pizca de blanco esperanzado, cuando te oí toser. Como parte de la rutina, el miedo tensó mis dedos y el pincel calló rendido sobre la paleta, añadiendo un nuevo par de cicatrices azules a su dolor. Con paso ligero y el corazón tratando de hacerme olvidar las numerosas veces que me había repetido a mí misma que no debía alterarme por tan repetida señal de tu estado como eran eses pequeños baches en tu sueño llegué a tu habitación y empujé la puerta para verte cómo, con todavía los ojos cerrados, te removías en la cama luchando contra una tos molesta y pesada. Me senté en la silla , que ya se había perdido el calor de la última vez que había ido a atenderte, y sin tener que pensarlo, mi mano buscó la tuya entre los movimientos asustados de tu brazo. Tu frente fue el destino de la palma de mi otra mano, que solo intentaba calmarte, buscando también su propia calma. Sabía que era custión de minutos que el mal trago cesase y diese paso a tu incansable sueño. No hablablas, pero me escuchabas. Quise intentarlo una vez más. Nunca perdería las esperanza que tenía puesta en el calor de mis palabras. Acaricié tu frente, me perdí en tu pelo y abrí mi débil corazón.

- Estaba pintando el mar, cariño. No dejo de pintar el mar y la arena desde que sé que ya nunca volveré a sentirlo aunque solo esté un par de metros más allá de la ventana. No quiero hacerlo. Prefiero pintarlo. Ajustándose a como yo quiero que sea. Lo hago porque inevitablemente me recuerda a las veces en las que me decías que el mar era más grande que nosotros y que debíamos de sentirnos afortunados de ser inferiores por una vez. Eso me dijeron. Que lo tuyo era más grande de lo que esperaban, que no podíamos hacer nada. Se nos vino el mar encima y nosotros sin saber nadar. Nunca lo habíamos necesitado. Siempre vivimos en la orilla, entre el ardor de la arena y el azul perdido del horizonte. Entre las habladurías y los pequeños gestos de aprobación. Un hombre agarrado de la mano de una aspirante a mujer rompiendo las olas, como tú bien decías, éramos inferiores, pero no solo al mar, amor, lo fuimos a todo lo que nos rodeaba. No había lugar en este mundo para no sentirse pequeño cuando todo el mundo era lo suficientemente ambicioso para sentirse mar y convertirse en la marea que nos arrastraba. Incluso he empezado a hablar en pasado como si nada de eso pasase ya, como si tú ya no estuvieras, como si yo hubiese dejado llevarme por el ir y venir de ese océano cruel. Y sigue pasando. Seguimos los dos juntos apartados del mundo por miedo a que se hunda nuestro barco. ¿Y qué hago yo? Pinto. Porque a cada pincelada, tus palabras aun irrumpen en mi cabeza como el primer día diciéndome que tu mano no obedecía a lo que tu cerebro quería pintar. He descubierto que no es el cerebo el que pinta, si no el respirar. El aliento que tú me dabas, tu aliento que ahora me falta, me lleva a embadurnar lienzos con vanos intentos de intentar encerrar el inmenso mar en un cuadro, porque me niego a aceptar que hayamos sido inferiores y que todavía lo sigamos siendo. El ojo ajeno se creyó superior a lo extraño de un sentimiento entre generaciones alejadas. Yo con mis 20 años, tú...


Se volvía insoportable el articular palabra cuando la presión del saber lo injusta que era la vida ante lo que se salía de sus márgenes me agarraba del cuello. Pero tú te habías calmado y ya respirabas sereno sobre la almohada.
Rompieron las olas más allá del cristal sucio de la habitación. Las gaviotas conversaban. Y un fugaz rayo de atarceder te abrió los ojos, diste permiso a tus párpados para que el mundo, y yo misma, pudiesen apreciar el don del ser humano de conseguir hablar sin pronunciar palabra con esa mirada tan viva que aun creyéndote muerto, conservabas. Me miraste tranquilo a la cara, todavía con tu mano bajo la mía, me dijiste que nada de aquello importaba. Me recordaste que nada de aquello era cierto. Que no me preocupara. No eran necesarios miedos, ni cuadros. A la hora de sentir no había nada que nos superara.

Era verdad. La realidad no nos abandonaba. Él se moría, yo le amaba. Su edad triplicaba la mía y no teníamos poder para luchar contra el oleaje de la incomprensión que nos rodeaba. Pero mis pinturas eran vanas. La única jaula que había logrado encerrar la inmensidad azul del mar era aquella, su mirada.

viernes, 29 de octubre de 2010

Bros.

Nunca llegué a comprender la mirada que me clavaba mi tortuga cuando llegaba a la piscinita donde la tenía acomodada, con su comida en la mano. Me ojeaba con cara de simple tortuga, como todas, supongo, pero yo siempre confié en que detrás de aquellos ojitos oscuros y su expresión neutra, había algún destello de agradecimiento. Estaba casi seguro.
Le eché un puñadito en una esquina, esperando, a que con su habitual y pausado avance, llegara hasta ella para devorarlo mientras yo me enredaba en un frondoso zarzal de pensamientos.

- Luigi, tío. Deja al bicho en paz, ¿cuántas veces le has dado de comer ya? Lo estás mimando demasiado. -

Mario acababa de llegar. Yo no lo había oído, pero el olor a ladrillo, cañería y sudor, me habían hecho intuirlo. Traía como de costumbre la gorra llena de polvillo anaranjado que había caído también sobre parte de su peto, la cara y manos ligeramente ennegrecidas y el fondo de los pantalones embarrados hasta prácticamente la rodilla. En guarro no le ganaba nadie.

- Buenas, Mario. Veo que vuelves una vez más oliendo a cerdo, ¿no?
- Un cerdo - respondío, sacudiendo parte de la suciedad del pecho - que no trata de olvidar su pasado criando tortugas.
- Qué repetitivo eres. Confío en que algún día aumentarás tu repertorio.
- Lo que tú quieras, - dijo entrando en el baño, desde el que me siguió hablando a gritos mientras se preparaba para entrar a la ducha- pero por mucho que cuides a ese bichejo, nadie va a devolver a la vida a todos los demás.

Sí, eso era cierto. Pero yo no quería asimilarlo. Me pasé una mano por la frente mientras seguía embobándome con el festín de mi pequeña.

- Lo sé, lo sé... ¡Pero yo no era consciente! Era jovén, inocente y ellos me pagaban bien, muy bien. Sólo tenía que pisar a unas cuántas, romper bloques, recoger las moneditas que ellos repartían por ahí y descender por tubos (eso no estaba nada mal), aunque también estaban aquellos hongos que nos hacían comer... Pero éramos simples fontaneros, y pasamos a ser reyes de reyes, Mario. Fue todo muy rápido y nunca me di cuenta de lo que en realidad estuve haciendo durante todos aquellos años. Necesito poder volver a sentirme en paz conmigo mismo y ésta es la única forma que tengo de hacerlo. No entiendo cómo tú no te puedes sentir arrepentido después de haber asesinado a tantas tortugas.

Mario salió del baño vestido de cintura para abajo, secándose el pelo con una toalla roja. Me miró con una media sonrisa.

- Es difícil sentir remordimientos mientras te tiras a la princesa del cuento.