En Phillies todo eran esquinas, aristas que de una manera u otra se encontraban en un vértice ciego. En Phillies el respirar ahogaba, las cercanías cortaban hasta el punto de querer acostumbrarse a la dulce acidez de su herida. Phillies era el purgatorio entre el quiero y el no puedo; la eternidad latente en un momento que bailaba entre el repiqueteo de la lluvia en sus cristales y las silenciosas curvas de Ella, que acababan en fuego.
Phillies era un infierno para santos en el cielo de los aflijidos. Paredes pulcras, carentes de brillo. En Phillies los colores evitaban el término cálido. En Phillies los rojos eran fríos. Fríos taburetes burdeos. Fría barra escarlata. Fríos labios de Ella, que acababan en fuego.
-¿Otra?- en Phillies las preguntas eran viudas de respuesta, enlutadas, resignadas. Rumbo único, la deriva.
Las segundas rondas siempre parecían primeras, los vasos siempre saludaban con intención de bienvenida, su cristal se resentía pasivo al posarse sobre la soledad de las mesas. En Phillies la embriaguez no era una opción, sino un requerimiento del que nadie había sido avisado, y en el que sin embargo todo el mundo existía. Una embriaguez que no iba más allá del blanco y negro. No como la sonrisa de un monocromático Jack Lemmon, sino como el gris quemado de aquellas fotos de hombres uniformados en los que los blancos lucen más bien negros.
En Phillies sin embargo, todo emanaba luz. Luz que dejaba a la oscuridad ganar en todas sus carreras. Una luz que más bien apagaba: los roces, los suspiros, los perfumes; el perfume de Ella, que acababa en fuego.
Un lugar callado que hacía competencia al más tímido silencio. Un lugar que desgarraba, caía, chillaba, retumbaba en los ojos huecos de aquellos que otorgaban a la sombra de sus fluorescentes.
Phillies no era un bar de compra y venta. No saciaba ni exigía. No suponía un esfuerzo, ni tampoco el más inocente de los regocijos. Phillies se limitaba a estar y no a ser. Se regía por las normas más estrictas de un sistema nacido anárquico. Phillies era imperio de y para sometidos, donde ningún puño se atrevía ni sentía la necesidad de gritar revolución, lucha, unión, fuerza. No había puertas como paso de dentro a fuera. Era un lugar de donde nadie salía ni entraba más que los recuerdos de días mejores, de horas humedecidas bajo sábanas blancas, de miradas perdidas que robaba de los ojos de Ella, y que acababan en fuego.
En Phillies el suelo te miraba con lástima, te invitaba a avanzar, a mover ficha, a dar un paso, pero el mascullido de la goma roída sobre la baldosa te reprendía, "no, ridículo".
Nunca jugabas, siempre perdías.
Era Phillies el vértice ciego de dos aristas donde los peros, sin embargo, también tenían cabida, porque no era un bar ni un establecimiento, si no el nido del único comienzo que osaba aullar en la noche de su día a día. Era Phillies también cobijo para el más lascivo de los ademanes, para el púrpura de un secreto dormido que jamás se insinuaba.
Era Phillies a donde huían todos los puntos suspensivos para alinearse en mis comienzos. Era Phillies el inicio del fuego que acababa en Ella. En sus comisuras, en sus talones, entre sus piernas.
Era Phillies todo esquinas, vértice ciego de dos aristas. Donde todo termina, donde Ella comienza.
(Texto presentado al concurso de improvisación narativa Rosa Gómez, basado en la pintura 'Nighthawks' de Edward Hopper)
