Nunca llegué a comprender la mirada que me clavaba mi tortuga cuando llegaba a la piscinita donde la tenía acomodada, con su comida en la mano. Me ojeaba con cara de simple tortuga, como todas, supongo, pero yo siempre confié en que detrás de aquellos ojitos oscuros y su expresión neutra, había algún destello de agradecimiento. Estaba casi seguro.
Le eché un puñadito en una esquina, esperando, a que con su habitual y pausado avance, llegara hasta ella para devorarlo mientras yo me enredaba en un frondoso zarzal de pensamientos.
- Luigi, tío. Deja al bicho en paz, ¿cuántas veces le has dado de comer ya? Lo estás mimando demasiado. -
Mario acababa de llegar. Yo no lo había oído, pero el olor a ladrillo, cañería y sudor, me habían hecho intuirlo. Traía como de costumbre la gorra llena de polvillo anaranjado que había caído también sobre parte de su peto, la cara y manos ligeramente ennegrecidas y el fondo de los pantalones embarrados hasta prácticamente la rodilla. En guarro no le ganaba nadie.
- Buenas, Mario. Veo que vuelves una vez más oliendo a cerdo, ¿no?
- Un cerdo - respondío, sacudiendo parte de la suciedad del pecho - que no trata de olvidar su pasado criando tortugas.
- Qué repetitivo eres. Confío en que algún día aumentarás tu repertorio.
- Lo que tú quieras, - dijo entrando en el baño, desde el que me siguió hablando a gritos mientras se preparaba para entrar a la ducha- pero por mucho que cuides a ese bichejo, nadie va a devolver a la vida a todos los demás.
Sí, eso era cierto. Pero yo no quería asimilarlo. Me pasé una mano por la frente mientras seguía embobándome con el festín de mi pequeña.
- Lo sé, lo sé... ¡Pero yo no era consciente! Era jovén, inocente y ellos me pagaban bien, muy bien. Sólo tenía que pisar a unas cuántas, romper bloques, recoger las moneditas que ellos repartían por ahí y descender por tubos (eso no estaba nada mal), aunque también estaban aquellos hongos que nos hacían comer... Pero éramos simples fontaneros, y pasamos a ser reyes de reyes, Mario. Fue todo muy rápido y nunca me di cuenta de lo que en realidad estuve haciendo durante todos aquellos años. Necesito poder volver a sentirme en paz conmigo mismo y ésta es la única forma que tengo de hacerlo. No entiendo cómo tú no te puedes sentir arrepentido después de haber asesinado a tantas tortugas.
Mario salió del baño vestido de cintura para abajo, secándose el pelo con una toalla roja. Me miró con una media sonrisa.
- Es difícil sentir remordimientos mientras te tiras a la princesa del cuento.