Aunque el olor que me rodeaba provenía de las pinturas, yo solo respiraba rayos de sol, aleteo de gaviotas y el ir y venir de la marea. Lo expiraba a su vez a través de la mano, que se movía obediente a mis pulmones dirigiendo a un pincel gastado y marcado de por vida con colores de antiguas y frustradas visiones de futuro. Su punta, bailando sobre el blanco de un lienzo dibujando el color de la añoranza sobre un mar tranquilo que dormía bajo el sol del atardecer comenzaba a estar sedienta, pero prefería alargar su agonía hasta que no quedaba pizca de pintura en ella. Fue entonces, una vez agotado el azul triste de las olas y me disponía a añadir una pizca de blanco esperanzado, cuando te oí toser. Como parte de la rutina, el miedo tensó mis dedos y el pincel calló rendido sobre la paleta, añadiendo un nuevo par de cicatrices azules a su dolor. Con paso ligero y el corazón tratando de hacerme olvidar las numerosas veces que me había repetido a mí misma que no debía alterarme por tan repetida señal de tu estado como eran eses pequeños baches en tu sueño llegué a tu habitación y empujé la puerta para verte cómo, con todavía los ojos cerrados, te removías en la cama luchando contra una tos molesta y pesada. Me senté en la silla , que ya se había perdido el calor de la última vez que había ido a atenderte, y sin tener que pensarlo, mi mano buscó la tuya entre los movimientos asustados de tu brazo. Tu frente fue el destino de la palma de mi otra mano, que solo intentaba calmarte, buscando también su propia calma. Sabía que era custión de minutos que el mal trago cesase y diese paso a tu incansable sueño. No hablablas, pero me escuchabas. Quise intentarlo una vez más. Nunca perdería las esperanza que tenía puesta en el calor de mis palabras. Acaricié tu frente, me perdí en tu pelo y abrí mi débil corazón.
- Estaba pintando el mar, cariño. No dejo de pintar el mar y la arena desde que sé que ya nunca volveré a sentirlo aunque solo esté un par de metros más allá de la ventana. No quiero hacerlo. Prefiero pintarlo. Ajustándose a como yo quiero que sea. Lo hago porque inevitablemente me recuerda a las veces en las que me decías que el mar era más grande que nosotros y que debíamos de sentirnos afortunados de ser inferiores por una vez. Eso me dijeron. Que lo tuyo era más grande de lo que esperaban, que no podíamos hacer nada. Se nos vino el mar encima y nosotros sin saber nadar. Nunca lo habíamos necesitado. Siempre vivimos en la orilla, entre el ardor de la arena y el azul perdido del horizonte. Entre las habladurías y los pequeños gestos de aprobación. Un hombre agarrado de la mano de una aspirante a mujer rompiendo las olas, como tú bien decías, éramos inferiores, pero no solo al mar, amor, lo fuimos a todo lo que nos rodeaba. No había lugar en este mundo para no sentirse pequeño cuando todo el mundo era lo suficientemente ambicioso para sentirse mar y convertirse en la marea que nos arrastraba. Incluso he empezado a hablar en pasado como si nada de eso pasase ya, como si tú ya no estuvieras, como si yo hubiese dejado llevarme por el ir y venir de ese océano cruel. Y sigue pasando. Seguimos los dos juntos apartados del mundo por miedo a que se hunda nuestro barco. ¿Y qué hago yo? Pinto. Porque a cada pincelada, tus palabras aun irrumpen en mi cabeza como el primer día diciéndome que tu mano no obedecía a lo que tu cerebro quería pintar. He descubierto que no es el cerebo el que pinta, si no el respirar. El aliento que tú me dabas, tu aliento que ahora me falta, me lleva a embadurnar lienzos con vanos intentos de intentar encerrar el inmenso mar en un cuadro, porque me niego a aceptar que hayamos sido inferiores y que todavía lo sigamos siendo. El ojo ajeno se creyó superior a lo extraño de un sentimiento entre generaciones alejadas. Yo con mis 20 años, tú...
Se volvía insoportable el articular palabra cuando la presión del saber lo injusta que era la vida ante lo que se salía de sus márgenes me agarraba del cuello. Pero tú te habías calmado y ya respirabas sereno sobre la almohada.
Rompieron las olas más allá del cristal sucio de la habitación. Las gaviotas conversaban. Y un fugaz rayo de atarceder te abrió los ojos, diste permiso a tus párpados para que el mundo, y yo misma, pudiesen apreciar el don del ser humano de conseguir hablar sin pronunciar palabra con esa mirada tan viva que aun creyéndote muerto, conservabas. Me miraste tranquilo a la cara, todavía con tu mano bajo la mía, me dijiste que nada de aquello importaba. Me recordaste que nada de aquello era cierto. Que no me preocupara. No eran necesarios miedos, ni cuadros. A la hora de sentir no había nada que nos superara.
Era verdad. La realidad no nos abandonaba. Él se moría, yo le amaba. Su edad triplicaba la mía y no teníamos poder para luchar contra el oleaje de la incomprensión que nos rodeaba. Pero mis pinturas eran vanas. La única jaula que había logrado encerrar la inmensidad azul del mar era aquella, su mirada.